domingo, mayo 30

Sharanta Navarro: Pasión Criolla



PRÓLOGO

Don Diego la vio por vez primera paseando por la Plaza de la Victoria el verano anterior. Enfundada en un traje de muselina claro, con pequeñas margaritas bordadas en el ruedo.

La falda se arremolinaba con su andar suave, la cintura ceñida por el corsé, los blancos pechos asomando recatadamente en el escote cuadrado adornado con pequeños volantes, y en el centro, descansando, la cadena de oro acabada en un relicario grabado.

Él entraba a caballo, seguido por sus hombres, con el atuendo típico del campo, vistiendo poncho y calzando facón, las botas de potro taloneando el caballo, el pelo cubierto por el pañuelo y el sombrero calado hasta las cejas, y ella ni siquiera desvió la mirada
para verle.

Ella iba del brazo de una mujer mayor, evidentemente un familiar. Sus cabezas se inclinaban la una hacia la otra intercambiando comentarios y risas, por eso Diego la escuchó reír con cantarino son. El último sol de la tarde se reflejó en su pelo negro,
adornado con lazos y rizado en bucles alrededor del rostro, y él sin darse cuenta siquiera, detuvo su montura para observarla fijamente, hasta romper cualquier regla de cortesía que le hubieran enseñado.

Prácticamente obligó a sus hombres a marchar hacia la taberna cercana, y llegó a los establos sin perderla de vista, dejando su caballo al cuidado de un negro que, presto, se acercó a recibirlo.

Pronto acortó la distancia, y el perfume que emanaba de ella obnubiló sus sentidos.

Era una chiquilla, sin duda, no podía contar más de veinte años.

No se entendía a sí mismo.

Incontables mujeres, damas y no tanto, indias y señoras, habían calentado sus mantas desde que tenía memoria.

Pero ninguna había entibiado su sangre como aquella, y la siguió sin prisas, contemplando el suave balanceo de sus caderas con los párpados pesados, hasta verla entrar en una casa de dos plantas de la Calle Mayor, con un primer patio oloroso a jazmines, que reconoció como propiedad de Don Alfredo de León.

Una mueca cruel se insinuó en su cara, y no llegó siquiera a ser sonrisa.

Ella había sido suya a partir de ese momento.

Y él no tardaría en hacérselo saber.

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