miércoles, enero 2

Próxima Publicación de Nuestra Editorial

Titulo: Cuentos para Morir Leyendo.
Autores: Gusmar Sosa / Richard Sabogal 
Genero: Narrativa Negra - Suspenso. 
Fecha Publicación: 15/01/13

Prólogo

En su haber individual, excelentes obras literarias los preceden. Pero ahora, Richard Sabogal y Gusmar Sosa se unen para ofrecernos su colección de “Cuentos para Morir Leyendo”. Ocho historias enmarcadas en el género de la novela negra, género literario bien descrito por Raymond Chandler en su ensayo El simple arte de matar (1950), la novela del mundo profesional del crimen.
Esta obra, no busca la denuncia social, sin embargo, entre sus características está el perfecto equilibrio entre fantasía y realidad. Realidades sociales ocultas que muchas veces no se muestran en la prensa: secuestros, delincuencia, bajos fondos, violencia en alguno de sus tipos, son apenas el “abreboca” de estas ocho historias.
Sabogal y Sosa nos presentan sus “Cuentos para Morir Leyendo” caracterizados, además, por el suspenso, el miedo, la inseguridad, el misterio, donde el lector se preguntará, mientras avanza en sus páginas “¿Esto es fantasía o realidad?” Cómo se lo preguntó Nine Melvin cada vez que despertaba en un lugar distinto, viviendo situaciones que rebasaban su cordura, esperando que todo fuera eso, una fantasía que le jugaba su mente… un sueño: “Sobresaltado, despertó y se tocó la frente donde había recibido el golpe. Estaba en su cama, a su lado una hermosa mujer dormía semidesnuda. No tenía idea de qué ocurría. Aún aturdido caminó por la casa, cortinas rojas ondeaban al ritmo del caprichoso viento”… “Despertó en una camilla, no era la misma donde lo tenía Jill, otras camillas lo acompañaban, llenas de muertos, algunos desnudos, muchos con etiquetas en el dedo gordo, él traía traje, zapatos, se sentía limpio”.
Es imposible no sentir la desesperación que vive Nine Melvin a medida que se avanza en la lectura, es descubrirse sin respirar por fracciones de segundos. Pero, los sueños de Nine no se parecen en nada a los de Carlos Meléndez, quien, desde niño soñaba con ser escritor, inspirado por un padre ausente cuya única, y más valiosa herencia, fueron unos manuscritos que cambiarían su vida: “Cuando ya lo había conceptualizado así, encontró algunas carpetas azotadas por la humedad y el tiempo. Leyó uno por uno los manuscritos, memorizó algunos párrafos. Sus ojos brillaban cada vez que se escondía en el rincón de lectura del “cuarto de chécheres” y apuntaban las páginas escritas a mano por su padre.” Sin duda, esta es una de las historias que demandará más la atención del lector pues su narración se desarrolla entre el pasado y el presente, la ilusión y la realidad, la perseverancia y la angustia: “Mientras la madrugada avanzaba hacía un balance de sus años. Se reconoció solitario y silencioso, le gustaba su carácter y su vida. Se sentía orgulloso de ser un ermitaño urbano. Se sentía un personaje de los cuentos de su padre. Le gustaban esos personajes, oscuros, con conflictos internos pero con la esperanza reflejada en sus esfuerzos.”
Si de algo estoy segura es que Sosa y Sabogal, no dejarán de sorprenderlos con cada uno de sus cuentos así como se sorprendió Cristina al recibir aquella llamada en su trabajo: “Hola Cristina, dijo la voz grave al otro lado. Me alegra llegaras bien al trabajo ¿Sin contratiempos en el camino? Una gruesa lágrima resbaló por su mejilla, el auricular comenzó a temblar, tragó saliva. ¿Qué quieres? ¿Por qué me vuelves a llamar? Preguntó en un fingido tono autoritario. Quería saber cómo estaba mi chiquilla, para mí, la consentida siempre serás tú. No me llames más, arguyó. Cómo no lo voy a hacer Cristina, si esto, apenas comienza…” Veremos como esta periodista en ascenso, quedará atrapada en un desesperante juego detectivesco sin que ella haya pedido formar parte de éste: “A la mañana siguiente el periódico en un gran titular ASESINO ANUNCIA MÁS MUERTES y de antetítulo PERIODISTA DE EL VERAZ SERÁ SU VOCERA OFICIAL”
Como dije en un principio, Gusmar Sosa y Richard Sabogal no pretenden, con sus “Cuentos para Morir Leyendo”, denunciar ninguna situación particular, pero cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia… ¿O no?: “…Julián Rojas salió en su Caribe 4x4 como cada día. Estacionó la camioneta a un costado de la casa y cerró el portón del estacionamiento. No se despidió de su esposa para no despertarla, ella había pasado mala noche con un malestar; tampoco se despidió de su hijo de siete años aunque él si estaba despierto coloreando en su habitación su cuaderno de dibujos. Volvió a su vehículo, al montarse y ponerse el cinturón de seguridad escuchó una voz grave y susurrada: “Vas a seguir mis instrucciones, saldremos de la urbanización y te detendrás a la siguiente cuadra”. Así lo hizo, allá dos tipos salieron de entre los arbustos con el rostro cubierto con pasamontaña....”
La pregunta es, ¿Pueden padre e hijo correr con la misma suerte?, ¿Todo estaba planeado o se trata de una burla del destino?: “Sentado en la silla, amarrado y con los ojos vendados, Rigoberto recuerda los angustiosos días. Nadie dormía en la casa número seis de la calle trece, la urbanización La Marina vivía la misma agonía de los Rojas— Sánchez, tal vez no con la misma intensidad, pero cada habitante vivía la paranoia de la posibilidad del secuestro.” Realidades como estas se viven a diario sólo que poco se dicen de ellas para no estropear el recate.
Los “Cuentos para Morir Leyendo” de Richard Sabogal y Gusmar Sosa, están lejos de ser una colección monótona y es que el lector experimentará diferentes niveles de suspenso. Me atrevo a comparar la sensación que genera una montaña rusa, pasando de lo vertiginoso al sosiego sólo para calmar un poco las emociones que generan cada una de sus historias. Como la vida de Mauricio, un joven común que vive una cruda lucha interna: “ El joven está sentado frente al espejo, por sus mejillas resbalan lágrimas, acaba de discutir con su madre nuevamente, venía feliz de haber recibido la más romántica declaración de amor y se encontró con la ira de la mujer por haber roto la orden impuesta. Ella no comprende que esas emociones no las puede controlar…”
¿Quién no se ha sentado frente al espejo a sincerarse consigo mismo? ¿Quién no ha aprovechado ese momento íntimo y solitario para mirarse a la cara y aceptar sus verdades ocultas? Lo que pocos nos hemos preguntado es ¿Es mi reflejo lo que veo o es el espejo quien me mira?: “En la soledad de la casa el espejo refleja objetos inanimados: un escaparate, un chifonier, una cama y algunas prendas de ropa tiradas en varios lugares. ¿Cuántos le han buscado como confidente? Ya su cara está llena de manchas oscuras que muestran el otro lado, comienza a perder la magia de ser un espejo, pronto perderá el don y será meramente un vidrio viejo…”
Pero a veces, hay verdades que no queremos ni siquiera admitir frente a nosotros mismos, verdades que son preferibles permanezcan enterradas en lo más profundo de nuestro ser, tapeadas a fuerza de falsas convicciones. Así lo prefiere Milton, un hombre de más de treinta años quien encara otro tipo de lucha: “Su mirada se colgó en los ojos de la chica, eran negros, profundos, brillantes. La negrura de sus ojos igualaba la de su propia memoria, tantos años reprimiendo sus pasos, intentando el camino difícil que proponen las reglas sociales.”… “En esa ocasión fue la sensualidad fingida de la chica barman la que despertó esa chispa del pasado que continuamente intentaba apagar.” No importa cuán grande sea el esfuerzo por huir de su verdad, Milton por años ha tratado de acallar una bestialidad que bien sabe disfruta cuando se le escapa…o se libera: “Sabía que mientras más bestial fuera su participación en el acto mayor sería la recompensa. Entre golpes volteaba para ver a Sandra, ella le sonreía y su sonrisa era la promesa de placer sexual.”
Y como las buenas obras se cierran con broche de oro, Richard Sabogal y Gusmar Sosa nos dejan las dos últimas historias, cada una con su sello muy personal. Por una parte, Sabogal tratando de explicar por qué mató a Gusmar Sosa. Para quienes lo conocen les costará diferenciar dónde termina la realidad y comienza el trabajo literario: “Soy editor, así conocí a Gusmar Sosa, un escritor de best seller que por entonces no lo era. Su carta de presentación fue una simpatía empalagosa que me ponía a dudar sobre si era o no real. Me saludó con su argot maracucho—larense, una mezcla que le proporciona un acento extraño. Aunque entonces no se lo conocía porque me saludó por la red social. Comenzamos a gestar una amistad que rápidamente creció, como la espuma y como su ego. Mi sello editorial fue su trampolín y como buen nadador, lo único que olvidó fue: su trampolín”… “Además de envidiar el éxito de Gusmar, habiendo dejado a quien le ayudó botado en su estudio lleno de libros amarillentos sobreviviendo con limosnas de autores (yo).”
Ahora bien, ¿Se puede vivir con la culpa?, ¿Puede ser ésta tan fuerte como para hacernos tomar las más insospechadas decisiones? Es por ello que Gusmar Sosa, para cerrar de una manera sorprendente esta extraordinaria colección de “Cuentos para Morir Leyendo”, nos relata por qué Richard Sabogal decide terminar con su existencia: “Tal vez amarró la soga al cuello, se subió sobre el taburete, se miró al espejo y algo no le gustó en su rostro, lo desfiguró, haciendo rebanadas sus cachetes y resbaló poniéndole a su vida el fin deseado. ¿Qué loco no?” O será que toda esta escena sólo nos dice, a gritos callados, otra verdad: El afán de despistar la mira policial hacia un posible suicidio le hizo sospechar de la venganza como móvil principal. De hecho, no lo consideró sospecha, estaba seguro. Sólo una persona sabía que el responsable de la muerte de Gusmar Sosa había sido Richard Sabogal. Pero sabía que Francisco Ruiz no tenía nada que vengar, ni siquiera por la herida en su ego al no permitírsele formar parte de la muerte del infeliz escritor.”
Como verán, “Cuentos para Morir Leyendo” no es una novela detectivesca, mas se ha apropiado de sus mejores características para ofrecerle al lector un libro que pone a prueba el control de sus emociones, volviéndolo un ser suspicaz ante cada relato.
Te reto a que lo leas y no mueras en el intento…
Scarlet Gómez Romero